Luces, cámara, Sánchez 

El Gobierno de la dignidad. Así lo llamaron. El dos de junio de 2018, Pedro Sánchez Castejón se convertía en el presidente del gobierno de España. Tras echar a Mariano Rajoy con los votos de los independentistas y de los herederos de ETA, con quienes queda en deuda, el Partido Socialista Obrero Español llegó a La Moncloa. No la pisaban desde 2011, cuando el expresidente Zapatero dejó el poder tras dejar a España con casi tres millones más de parados que cuando llegó.

Quien no conoce su historia está condenado a repetirla pero, al parecer, el presidente Sánchez ni la conoce ni quiere conocerla. No hay mayor ciego que quien no quiere ver. En vez de aprender del deleznable legado del expresidente socialista y hacer todo lo contrario, el okupa alardea de propuestas tan demagógicas como subir impuestos a los ricos, al diésel, a la banca, pedir un contrato para ratificar el consentimiento sexual o incluso lapidar la libertad de expresión. No es una exageración, no. Según la vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, no es cierto que la mejor ley sobre libertad de expresión sea la que no existe, y considera que hay razones para regularla. Cuando las noticias no nos son favorables, fustigamos a los medios de comunicación al más puro estilo bolivariano. La cabra siempre tira al monte.

Pero ningún show está exento de inconvenientes. El exministro Maxim Huerta dimitió por eludir impuestos, una práctica perfectamente legal, pero inaceptable según los requisitos para ser un socialista ejemplar, lo cual, pensándolo bien, es todo un oxímoron. No hubo más alternativa que echarle. También dimitió Carmen Montón por mentir sobre su Máster. La exministra ni siquiera sabía en qué edificio lo había hecho. Todo un ejemplo de honestidad. La ministra de justicia, Dolores Delgado, le dijo al excomisario Villarejo, que afirmó desconocer cuando le preguntaron por primera vez sobre su relación, que su compañero Grande Marlaska era un maricón y que estuvo con menores en un viaje a Colombia mientras estos practicaban ciertas actividades incivilizadas penadas con hasta 37 años de cárcel en el país. Por supuesto, la ministra, comprometida con la justicia universal, no dijo ni “a” al ver tales prácticas. Una mujer comprometida con el progreso, desde luego. Todo un ejemplo también. El ministro Pedro Duque ha sido “pillado” llevando a cabo la misma actividad que Huerta y fallando al listón de su jefe. Al final, vivir en socialismo es muy caro, pero dirigirlo, un chollo. Por si todo esto fuera poco, el mismísimo presidente del gobierno, Pedro Sánchez Castejón, plagió gran parte de su tesis doctoral, como desveló el periódico ABC, al que amenazó con acciones legales tras desvelar sus mentiras. Al salir en la portada de los principales diarios españoles y ser azotado por la prensa internacional, el secretario general del PSOE afirmó haber usado una aplicación detectora de plagios que dió negativo en su tesis. El dueño de la aplicación le desmintió y, para colmo, El Confidencial publicó más plagios que escapan a la aplicación utilizada. El presidente no hace más que engañar a los españoles actuando en su contra con pintorescas propuestas, tapado por ruidosas cortinas de humo como la exhumación de un muerto de hace más de cuarenta años o la Ley de Memoria Histórica.

Aun con todo, el espectáculo debe continuar. La función no acaba aquí, no. El Gobierno seguirá amenazando las libertades individuales y perjudicando a toda la ciudadanía. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Ni la ministra Delgado ni Pedro Duque han dimitido, ni mucho menos el presidente no votado, que sigue usando el palacio de La Moncloa como trinchera. La única diferencia que tienen respecto a los soldados de la primera guerra mundial es la amenaza exterior: mientras los soldados de la guerra se enfrentaban a la muerte al salir del escondite, Pedro Sánchez se enfrenta a los españoles, que piden elecciones de inmediato para acabar con su deriva autoritaria y la amnesia que de ella deriva.