Libertad política y económica, dos caras de la misma moneda 

La libertad política es la consecuencia de la libertad económica.

Gral. (sp) Juan Carlos Rueda Montenegro

Dra. Jacqueline Estrada Salazar

La libertad política es el colorario de la libertad económica  y todo lo que ella implica: libre mercado, propiedad privada de los medios de producción, respeto de los contratos,. entre los temas más sobresalientes, constituyen las premisas de la libertad económica. Un sistema que respeta la propiedad privada, respeta la vida, porque esta y no otra cosa, es su base material, en ella se sustentan la satisfacción de las necesidades.

Una sociedad que no se respeta la propiedad privada, somete a sus integrantes a una condición de esclavitud, en la que la subsistencia de todos sus miembros depende de un sistema de administración estatal, a cargo de un partido, que se ha convertido por obra de la voluntad de la mayoría, en la encargada de la programación de la economía, que dicho sea de pasó, no esta suficientemente expresada así, pues se refiere a una economía de planificación central, que incluye todos los procesos de elaboración y consumo, y va mas allá, pues se asume en esta planificación, el establecimiento de las necesidades de los miembros de la sociedad, los medios y los factores de producción, etc; es decir, una economía que influye sobre todos los aspectos de la vida de sus miembros, hasta en los asuntos más impensables, como podría ser la idea de una familia en la que los hijos son custodiados y criados por el Estado. El modelo socialista, es pues, un modelo de planificación central, que bien se le puede llamar un sistema político y económico de control total.

Por todo esto, la economía de planificación central o  sistema de control total de la economía, difiere en forma opuesta y radical a un sistema que propone libertad económica,  que no quiere decir, de ninguna manera, que no estará planificada, pues lo que en realidad significa,  es que quienes la ejecutarán, serán los miembros de la sociedad, todos los ciudadanos, con sus decisiones soberanas sobre que consumir y que no hacerlo, así determinarán las cosas a producirse, la cantidad y los precios de los productos para satisfacer sus necesidades, por ello, la libertad económica deviene en libertad política, en el derecho inalienable de expresar sus decisiones y de aceptar las consecuencias en forma responsable.

En un sistema de libertad económica, las personas  pueden escoger en forma libre, y si lo hacen bien, entonces las consecuencias de sus decisiones, favorecerán sus vidas y sus emprendimientos, la mejor forma de garantizar que ellos han tomado decisiones adecuadas, es cuando se logra  el reconocimiento social, así y solo de esa forma, los medios de producción, pasan a las manos más calificadas, a los emprendedores y trabajadores de mayor éxito, pues su logro está en favorecer el bienestar de la mayoría.

Sin libertad económica no hay libertad política, abundando en el tema, cuando una sociedad ha preferido el sistema de planificación central, se pretende involucionar a las personas, que gracias a su educación, a la cultura, a la experiencia y a sus propios esfuerzos han alcanzado un nivel de libertad política – racional, digo pretenden retrotraerlos a las condiciones primitivas, a tribus y clanes que unidos por la ignorancia, el miedo, el hambre y la miseria, se tornen en comunidades sin libertad, sumisas a los designios de un todo poderoso Estado, convertido en la deidad, que se apresta a guiarlos y conducirlos al paraíso de la satisfacción de sus necesidades, pero pronto, y más temprano que tarde, los llevan al colapso, y sólo cuando ya es cuestión de subsistencia, no les queda otra alternativa que revelarse, y reiniciar  el camino de la racionalidad, dejando así, con dolor ese pensamiento mágico, propio de las tribus que divagaban por el mundo bajo la amenaza de la miseria y la ignorancia.

Derivando falacias socialistas 

Jackie Estrada Salazar
Emprender una tarea de estas dimensiones no es una tarea fácil. Desmontar el dogma de la igualdad que promueve el socialismo, debe partir de entender sus planteamientos en el orden económico y político, y qué es lo que estos proponen, para conseguir una sociedad con mejores niveles de justicia social como aplicación de esa premisa.
Para los socialistas, justicia social implica la distribución de la riqueza total entre los miembros de la sociedad. Sobre la idea de que todos los hombres son iguales, el socialismo apela a una redistribución dando a cada uno según sus necesidades; así las cosas, no se formulan el origen y la generación de la riqueza, solo proponen su reparto. Esta repartición de la riqueza no se funda en la justicia, peor aun en las leyes de la economía, está sustentada en la ficción de que todos los seres humanos son iguales, y que tienen los mismos derechos, y en este caso los mismos derechos de usufructo de la riqueza.
El planteamiento de la igualdad de los seres humanos con la vaguedad que lo hace el socialismo, es falaz. Se trata de confundir interesadamente una propuesta política, que plantea que todos los seres humanos, por el hecho de serlo, tienen igual dignidad, lo cual implica desconocer la discriminación por cualquier causa. Este principio implica reconocer su individualidad, las diferencias entre cada uno de nosotros, y el respeto que le es consubstancial a ese reconocimiento. No se puede articular una sociedad humana como un rebaño, los seres humanos no pueden ser sometidos a la depravada idea: que todos somos iguales, hay que derrivar el concepto de la igualdad como quisieron imponerlo los socialistas, que además se han declarado los más iguales entre los iguales, ellos han asumido que son la clase dirigente, la que determina la organización social desde la autoridad de los que imponen la igualdad al resto de la sociedad.
El mito de la igualdad que plantea el socialismo debe ser reemplazado por la equidad, que supone el reconocimiento de las diferencias en todos los órdenes de los seres humanos en una sociedad libre, diferencias que determinan sus capacidades y méritos, pero también sus flaquezas y debilidades, entonces y solo entonces se defenderá la riqueza y la justicia que emanan de una distribución equitativa, según los esfuerzos legítimos de los individuos que la han alcanzado.

twitter: @jackiestradas

Foto: Clem Onejehuo 

Socialismo, una doctrina para el conflicto 

Socialismo y conflicto, son dos conceptos que están estrechamente relacionados. Esta doctrina asume que la sociedad es un escenario en el cual los intereses de unos están en contradicción con los de otros. Sus promotores aseguran que un grupo de la sociedad, generalmente los que están en la cúspide de la organización social, están en esa posición porque ellos han encontrado el mecanismo de servirse del resto de la población para hacerse del poder, poder al que generalmente lo asocian con la riqueza y el bienestar material que ellos han alcanzado. No admiten ninguna otra explicación, que no sea precisamente aquella que señala a los ricos como explotadores de los trabajadores, que los asimilan también como proletarios o pueblo y siempre poseedores de las mayores virtudes cívicas y morales, en definitiva, son en contradicción con los ricos malvados, bondadosos y superiores. Esta reducción de la sociedad, se traduce en la necesidad de identificar grupos humanos, mejor si estos son numerosos y mayoritarios, para encasillarles en una categoría, y así erguirse como sus representantes y conductores de su lucha para restablecer la justicia que ha sido quebrantada. Y es este propósito declarado el que atrae la atención y la identificación de muchísimas personas, pues a los hombres siendo buenos por su propia naturaleza les indigna la injusticia y la opresión, y esa causa les ha llamado siempre a revelarse en contra de los tiranos o de los poderosos, así millones de seres humanos, han sido cautivados por quienes han tenido la habilidad de manipular sentimientos nobles que desarrolló la civilización humana, subyugando esos sentimientos con un discurso distorsionado, y reduciendo la realidad compleja de la economía y la sociedad a un falso conflicto, se han forjado como salvadores de la sociedad humana.
Los socialistas viven del argumento del conflicto, en él, ellos encuentran las justificaciones suficientes y necesarias para levantar su doctrina. El conflicto es el elemento central de una ideología que lo exacerba a tal punto, que hasta lo crea y en muchas ocasiones lo recrea en cada elemento, situación o escenario del que puede tomar ventaja, pues una vez identificados los elementos de una posible o real contradicción, siempre se ubica en el sector que representa el mayor número de personas, que en definitiva son voluntades, que traducidas en el lenguaje electoral son votos a su favor. Y en un sistema político que le otorga derechos civiles y políticos a los ciudadanos en igualdad de condiciones; a ese efecto, igual valor tiene el ciudadano virtuoso, el estudioso de la economía y de la política, como cualquiera otro que no se interesa de conocer sobre el rol político y cívico que debería estar condicionado a su calificación como ciudadano…
Los teóricos del dogma socialista encontraron en el conflicto el elemento fundamental para justificar moralmente sus esfuerzos para tomar el poder político de la sociedad, pues para ellos este poder es el medio por el cual lograrían restablecer la igualdad que reclaman para todos los seres humanos, asimilando a la especie humana a una sociedad uniforme, que deviene en un colectivo que tiene como fin la satisfacción material y el bienestar de todos los asociados, aun cuando no explican como lo van a lograr, su argumento central apunta a enfrentar a los proletarios y trabajadores con la clase poseedora de los medios de producción, esta reducción les ha servido para fomentar procesos políticos de escala mundial y nacional que han terminado en un fracaso rotundo; pues si en efecto, como el dogma socialista plantea en su reducida visión conflictual de la sociedad, al enfrentar a las personas, encasillándolas en categorías, que no solo se reducen a proletarios y propietarios de los medios de producción, trabajadores contra empresarios, pobres contra ricos, campesinos contra hacendados, jóvenes contra viejos, y en ese propósito se ciñen a la retórica discursiva de sus teóricos dividiendo a la sociedad en bandos, identificando a los trabajadores, proletarios, agricultores, jóvenes, etc. con una virtud y bondad innatas; en tanto que los empresarios son identificados como explotadores burgueses, y se los asume ricos y antisociales, esta reducción pone a unos como buenos por ser proletarios, y no tan solo eso, les asume ademas de buenos, como explotados y pobres, cuando eso es una falacia y una reducción grosera de la realidad, porque ni todos los empresarios son ricos, ni todos los trabajadores son por serlo todos buenos, ni un empresario por serlo es bueno, cualquier trabajador puede ser malo como un empresario pueder ser malo y pobre, y seguramente hay trabajadores ricos, y es más ahora en una misma persona se puede reunir las categorías de trabajadores y empresarios, cuestión que la doctrina del conflicto no considera, pero la doctrina del conflicto, que en efecto se justifica, cuando en la sociedad se atenta contra la justicia y se pretende oprimir a las personas en forma ilegítima y se produce una contradicción, por eso es necesaria, esta solo debe servir para restablecer la justicia, que es el valor superior y deseable, antes que la igualdad del rebaño, que se pretende imponer con este pretexto,  con el modelo comunista, pues ese no es precisamente el propósito que se persigue, pero la estrtegia política socialista lo confunde a propósito para desviarlo de su finalidad de corregir la injusticia. Con estas estrategias también desconoce la naturaleza del ser humano, su identidad como individuo irrepetible e irremplazable, ser humano que por su propia naturaleza es diferente y único, seres morales, que tenemos libertad para decidir; y, responsabilidad para aceptar las consecuencias de nuestras decisiones.
En una apretada conclusión, el socialismo siempre ha buscado identificar contradicciones y antagonismos entre los miembros de la sociedad, que en efecto, algunas veces existe, pero que bajo un modelo político liberal, en oposición al socialismo, se lo enfrenta también, pero con la convicción de restaurar la justicia, sin recurrir al libreto de la falsa igualdad a la que apuestan los socialistas, perseveran en mantener el conflicto hasta hacerse del poder y luego lo institucionalizan con terror y represión para someter a los pueblos, y lo único que logran es la división, cuando no la guerra entre naciones, o la guerra civil al interior de sus estados, y siempre con consecuencias dramáticas para el pueblo a quien ofrecieron igualdad, sumiendo a la sociedad a un fracaso social, político y económico.

¿Qué significa demandar igualdad? 

En la actualidad, casi todos, hablan de luchar por la igualdad y se ufanan de ello como si el término en si mismo representara un valor indiscutible. Lo dicen como si la palabra tuviera un aura especial, un mandato divido, como si se tratara de una virtud superlativa, de una utopía por la que valiera la pena trabajar incansablemente.
Habrá que decir, sin vueltas ni tapujos, sin rodeos ni eufemismos, que la igualdad, esa de la que tanto hablan, es el atributo que menos describe a la especie humana. Las personas no somos iguales en casi nada. Si algo nos distingue, son nuestras diferencias, aquello que nos hace naturalmente distintos.

No hay parecido en lo físico, ni en nuestra personalidad, mucho menos en las vivencias y experiencia. Todo, absolutamente todo, nos hace seres infinitamente distintos, y esa desigualdad sí que es un cualidad, una característica única e irrepetible.

Gracias a nuestras diferencias, progresa mostrar, sobrevivimos y evolucionamos como especie. Esas disparidades nos hacen creativos, competitivos y se convierte en el principal motor que nos moviliza lo suficiente como para esmerarnos y superarnos a nosotros mismos.

La desigualdad es lo que mejor describe nuestros talentos y mayores virtudes. También es ella la que identifica claramente nuestros peores defectos, y nos da la posibilidad de ocuparnos de ellos.

Si no somos iguales, no deberíamos querer serlo. Sin embargo, una corriente cada vez mayor y casi unánime parece ser el discurso esperado, el políticamente correcto. La sociedad parece aplaudir, algunos porque suponen que alguien tiene el poder de otorgarles lo que no tienen, y otros porque no se animan siquiera a decir lo que piensan y defender lo propio.

Resulta deseable que todos juguemos bajo las mismas reglas. Se puede pretender cierta igualdad ante la ley, frente a los objetivos criterios que rigen la convivencia humana, pero solo eso, solo esa cuestión de rutina, que es casi una cuestión de sentido común.

En el resto, habrá que comprender que las diferencias, la desigualdad y nuestras propias particularidades, deben ser bienvenidas. Por eso, resulta difícil entender cómo esa palabra, igualdad, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio en los discursos, y cómo su implementación efectiva ha significado despojarnos de nuestra propia singularidad.

Y es que la política ha convertido ese culto a la igualdad en una práctica cotidiana que consiste en quitar talentos a los mejores, poner límites al progreso, establecer pisos artificiales intentando brindar coercitivamente a unos lo que naturalmente no tienen, sin dejar previamente de despojar a otros para que lo anterior suceda.

La redistribución tan mentada sigue haciendo estragos. Bajo esa premisa que se ha puesto de moda, el paradigma de la justicia humana hace eso, quita a unos y otorga a otros, discrecional, arbitraria, selectiva y coactivamente.

La sociedad parece aclamar la destrucción de su mayor virtud. Supone que se puede igualar a una comunidad por medio de leyes, decretos y normas, a través de una persona que ellos eligen y le otorgan el poder de gobernar. Que sacando a unos y entregando a otros, se nos ayuda a evolucionar. Completamente irreal. Solo consiguen desmotivar a los talentosos y paradójicamente también a los menos hábiles, ya que así, tampoco precisan de incentivos para progresar, para superarse. Después de todo, el Mesías elegido, se ocupará de darles lo que no son capaces de conseguir por si mismos. Pero en este caso, con el agravante de tratarlos indignamente como verdaderos incompetentes e inútiles, rebajándolos a la deshonrrosa categoría de mendigos de favores. Debilitan así su desgastada autoestima para condenarlos eternamente a la frágil e indecorosa posición de parásitos sociales, esos que a partir de ahora dependerán exclusivamente de la dádiva clientelista del mandamás de turno. Eso ocurrirá, claro está, cuando el poderoso decida otorgarle esa limosna. Antes se ocupará de esquilmar a algunos, a aquellos que producen y generan riqueza a su alrededor, para poder concretar su generosa acción popular.

Ese mecanismo, que aparentemente goza de una impunidad sin igual en el planeta, parece haber venido para quedarse. Se trata de prácticas que celebran políticos y votantes al unísono. Lamentablemente, cierto sector de la humanidad está dispuesto a bajar los brazos para vivir de lo que otros generen, para dejarse humillar por los que se han empeñado en demostrarle su demostrada incapacidad, como una fotografía estática de ese presente inmutable e inmodificable y no parecen estar listos para dar batalla, para iniciar la búsqueda de su propia felicidad e identificar sus arraigadas y desconocidas fortalezas, esas que todo ser humano tiene, ese don preciado que hemos recibido cada uno de nosotros en forma particular, individual e indelegable, ese atributo magnífico que nos hace esencialmente diferentes y por ello únicos e inimitables. Extraordinariamente distintos. Fantásticamente desiguales.

Ninguna ley funcionará como los políticos. Las normas podrán saquear a unos para regalar a otros, pero no crearán talento ni creatividad allí donde estos están ausentes o simplemente dormidos y que ellos mismos se ocuparon de apagar la voluntad.

Esos atributos, la creatividad, el talento, la perseverancia, el esfuerzo, la capacidad, el esmero, no son solo cuestiones innatas, la mayoría de ellas se desarrollan y se logran solo cuando se atraviesan momentos difíciles, verdaderas crisis, situaciones que requieren de retos frente a los escollos que nos propone siempre el presente.

La innumerable lista de invenciones de la historia humana, esa nómina inagotable que nos hace la especie que más se ha desarrollado como tal, proviene de los mejores. Son ellos, y no otros, los que sentaron las bases del progreso.

Si eliminamos las diferencias, si seguimos venerando y exigiendo la homogeneidad, estaremos condenándonos a pedirle a los que se destacan a que ya no lo hagan y a los dejados, a despreocuparse por la ausencia de habilidades, pues algún político, apoyado por la inmensa mayoría de ciudadanos, pondrá las cosas en su lugar.

Evidentemente, la humanidad ha comprado esta falsa ilusión de que la igualdad es un objetivo en si mismo. La fantasía de la igualdad parece estar apoderándose de nosotros sin resistencia alguna y con una tácita aprobación cívica que explica el discurso de los políticos, que es solo una mera consecuencia y no su verdadera causa.

La única igualdad que debemos exigir como derecho, es la Igualdad ante la ley. La Igualdad jurídica es el principio que reconoce que todas las personas deben ser tratadas de la misma manera por la ley (principio de isonomía), y que estén sujetas a las mismas leyes de justicia (debido proceso), por lo tanto, la ley debe garantizar que ningún individuo o grupo de individuos sea privilegiado o discriminado por el estado sin distinción de raza, sexo, orientacion sexual, género, origen nacional, color, origen étnico, religión u otras características ya sean personales o colectivas sin parcialidad.
Lo políticamente correcto no necesariamente está dentro de lo moral, el que un Estado enajene tu potencial para crecer va en contra de tu naturaleza, castra tu desarrollo y te esclaviza a un gobierno generoso con el dinero ajeno. Nada es gratis, siempre hay alguien quien paga la cuenta.

Cada persona es un mundo diferente y con voluntad propia para pensar y decidir de la manera más adecuada únicamente para sí mismo. En cada uno de nuestros actos, marcamos la diferencia.

 

Jacqueline Estrada Salazar
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El peligro del Estado totalitario 

Por: Jacqueline Estrada Salazar & Juan Carlos Rueda Montenegro

¿Cómo pasó? Cómo estamos llegando a este punto, cómo lo que nació como un deseo de darle reglas a la organización política para garantizar los derechos de las personas, terminó siendo un sistema totalitario en el cual el Estado está llegando a controlar todos los aspectos de la vida de las personas. Se encargan de todo: La educación, la economía, se controla la información, la propiedad privada, el comercio, la movilidad…..

El poder estatal debe tener límites. Esto ha sido un planteamiento de muchos pensadores, políticos y filósofos de todos los tiempos. Muchos también han señalado la naturaleza corruptiva del poder, ellos nos han legado una serie de sentencias en uno y otro sentido. Los pensadores, políticos y filósofos que sostienen que la libertad es un valor fundamental que determina la naturaleza humana se oponen a un sistema de corte autoritario que pretende hacer del Estado un ente de control total. Sin embargo, hay evidencia de que el poder del Estado se incrementa en todos los sistemas políticos y en especial en aquellos que plantean un modelo de Estado de corte socialista, pues en ese modelo, más que en otros, – aunque por desgracia no solo en este – los gobiernos se erigen como representantes de las mayorías y en su nombre arbitran toda clase de decisiones que a la postre coartan las libertades individuales.

El modelo de control total rompe sin duda la aspiración de los hombres de defender su libertad. El Estado en todas sus versiones y en unas más que en otras, se atribuye la capacidad de dar seguridad a los miembros de la sociedad, defender la vida y la propiedad privada, y con esos propósitos ha ido consolidando en torno a si mismo una serie de capacidades que se ven extendidas cada vez con mayor fuerza, pues se le amplían sus prerrogativas respecto a la demanda original con la que fue instituido. Para ello cada vez se amplían las demandas de seguridad relacionándola con la satisfacción de una serie de necesidades sociales. La educación, la salud, el trabajo, la vialidad, la infraestructura de las comunicaciones, la energía, el agua, y por ese orden se reclama del Estado todo tipo de garantía para la satisfacción de estas necesidades, así las propias sociedades presionan con exigencias que no le incumben a la naturaleza del Estado. Este nació con la responsabilidad de proteger la vida y la propiedad privada y de administrar justicia para que los hombres en sus relaciones tengan un tercero independiente a quien acudir para reclamar sus derechos, se le dio al Estado la responsabilidad de dar seguridad a las personas para evitar la agresión ilegítima de otros, por esto los deberes básicos se refieren a crear las condiciones para garantizar a la sociedad el orden público y darle la garantía de seguridad respecto a las agresiones de extranjeros que pretendan conquistarlos o someterlos. Por ello, la seguridad a la que se refiere el pacto original se traduce en la defensa de valores concretos, de los derechos individuales relacionados con la vida, la libertad civil y la propiedad privada, derechos que no pueden ser allanados ni por otros individuos, y desde luego tampoco por el Estado, pues rompería el pacto original, en el cual el hombre ha cedido una parte de su libertad para garantizar esos derechos. Sin embargo, los ciudadanos inducidos por doctrinas colectivistas de corte totalitario han exigido que sea el Estado, y no ellos mismos como corresponde, el que debe dar garantía a otros valores como la educación, la salud, el trabajo, la jubilación… En general requieren del Estado la satisfacción de toda necesidad, así quienes encarnan el Estado reclaman de los ciudadanos mayores atribuciones para compulsivamente gobernar, controlar, sancionar. Sin duda esto requerirá impuestos y contribuciones de los mismos ciudadanos y esto se convierte en un círculo vicioso por el cual el Estado es cada vez más omnipresente y poderoso.

Esto solo puede revertirse si los ciudadanos emprendemos en la confrontación de las ideas sobre la libertad civil, la libertad económica y política, sobre las consecuencias de perderla y los efectos que sobrevienen para la sociedad cuando las naciones se han dejado subyugar por las falacias y el espejismo que venden los políticos de tendencias colectivistas, totalitarias y estatistas, de ambos extremos del pensamiento político.

El Populismo y su afán de dominar la Libertad

Escrito por Jacqeline Estrada Salazar.

En algunos gobiernos de America Latina se ha afianzado el polpulismo desde hace algunos años. Vemos con dolor y tristeza como países que en décadas pasadas eran prósperos y ricos ahora viven una decadencia de valores y empobrecimiento.

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