Premio Goya al sectarismo 

Remontémonos a las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016. Donald Trump vs. Clinton 2.0, el mal contra el bien, para muchos. La gala de los Oscar tras la, para algunos inesperada, victoria del Partido Republicano estuvo cargada de dramatismo. Es un elemento clave del cine, claro está. Sin embargo, no me refiero al dramatismo propio de una película, sino a otro tipo: el dramatismo activista.

El pasado domingo fue la gala de los Goya, premios de cine español que deben su nombre, irónicamente, a un pintor. El año pasado, la gala fue ciertamente crítica con la situación política del país. Nada nuevo bajo el sol. Se repite la situación de 2017 en Estados Unidos. Tras la victoria de Trump, los artistas dejaron a un lado su oficio para escoger uno nuevo: analista político. Se vio en los Oscar, pero también en la gala de los Globos de Oro. Meryl Streep, elegante, eclipsando a sus compañeros con un enérgico discurso contra el entonces presidente electo. Curiosa (o quizá, no tanto) fue la ausencia de crítica en las ulteriores ediciones hacia el gobierno del, ahora ex presidente, Barack Obama. Algo similar ocurre en nuestro país. Numerosos artistas (unos más artistas que otros) dedicaron el evento a descalificar a todo lo que desafía el pensamiento mainstream. Almodóvar negó la existencia a VOX, el novato de la política nacional española. Leticia Dolera justificaba no haber invitado al partido a la gala (todos los demás partidos lo estaban) porque, según ella, no optan a la presidencia del Gobierno. El periodista le aclara que sí, que Abascal se presenta a la presidencia del Gobierno. Dolera confiesa entonces el verdadero motivo: VOX “legitíma discursos de odio, homófobos y machistas”. Para Dolera y compañía, la proposición de derogar la Ley Contra la Violencia de Género es machista per se. Sienten el mismo miedo al debate que la Vicepresidenta Calvo, sobre la que ya escribí un artículo en este mismo diario. La imposición es su medio, el silencio su fin. Tampoco faltó en la gala la ya tradicional crítica a la cultura “machista” en la que vivimos, esta vez por parte de la actriz Cristina Castaño. Muchos de los artistas que, acertadamente o no, están creando la imagen que la sociedad tiene de su colectivo, intentan ejercer de todólogos, como si tener 100.000 seguidores en Twitter o haber escrito un libro les hiciera suficientemente cultos como para hablar sin pelos en la lengua sobre cualquier tema imaginable. Así fue también el caso del ganador del Goya a mejor cortometraje, que afirmó, sin complejo alguno, la existencia de un “apartheid israelí” mientras pedía la exclusión de Israel en Eurovisión y alababa la “lucha del pueblo palestino”.

Debemos entender que los Goya no son un caso aislado. El sectarismo impera hoy en la mayoría del mundo del espectáculo, en la educación, en los medios de comunicación, en gran parte de las redes sociales y en la sociedad misma. No sé si la mayoría de los artistas piensan realmente lo mismo que los actores y directores mencionados anteriormente. De lo que estoy seguro es de que, si no opinan lo mismo, no se atreven a expresar públicamente su opinión. Ya vimos en EEUU cómo se trató a Jon Voight tras ofrecer su apoyo al entonces candidato Trump, como también vimos la diferencia de trato con su hija Angelina Jolie, que apoyó activamente la campaña de Clinton 2.0. Los insultos y muestras de desprecio con las que debía lidiar el actor eran constantes, mientras la señora Jolie recibía, mayormente, aplausos. Otra demostración de esta epidemia la vimos recientemente. El pianista James Rhodes, ya escandalizado tras descubrir que no es oro todo lo que reluce, se quejaba del hecho de que la mayoría de manifestantes del 10 de febrero en Colón eran blancos. ¡Blancos! ¡¿Cómo se les ocurre?! “Ni que los blancos pudieran quejarse”, imagino que habrá pensado el músico. Por supuesto, Rhodes consiguió miles de retuits a unas declaraciones que, de cambiar el color de piel mencionado, podríamos creer propias del Ku Klux Klan. Pero, en fin, el (mal llamado) progresismo moderno, en proceso de convertirse en secta, todo lo aguanta.

El pensamiento unidireccional no está, a mi juicio, en cuestión. Lo que sí lo está – y cada vez más – es la credibilidad de estos envarados señores del espectáculo que difunden sus propios prejuicios y dogmas a golpe de tuit, sabiendo que sus miles de seguidores van a creerse lo primero que les digan, por errado que sea. Esto sólo puede ser producto de una ciudadanía poco o nada crítica, que, como sus ídolos, teme salir de la cómoda burbuja en la que se encuentran. Total, ¿Qué más da ser un mero espectador de la vida? Permiten a otros hacer el trabajo sucio de denunciar lo incorrecto – y tragar con las consecuencias – mientras ellos se quedan de brazos cruzados porque, o no quieren actuar, o la presión social es tan grande que justifican su inactividad.

La corrección política está a unos niveles harto peligrosos. La mayor parte de artistas famosos, que muchos toman como ejemplo, demuestran, a pesar de considerarse públicamente como mentes abiertas, que sienten un desprecio nada sano por el disidente. Las consecuencias de rebelarse contra lo incorrecto son demasiadas, y no son pocos los que prefieren no dar la nota con tal de ser socialmente aceptados. En cualquier caso, si algo nos dejó claro la reciente gala de cine es que el mundo del cine – y me temo que el del espectáculo en general – está aterrorizado por el fin del pensamiento único, que amenaza la gratuidad de sus (hasta ahora) impunes faltas de respeto hacia los disidentes. En la gala se repartieron galardones por varias disciplinas, pero si hubo uno que destacó – y que tuvo más de un ganador – , fue el premio Goya al sectarismo. 

La diferencia salarial entre hombres y mujeres, ¿Discriminación? Evidencia de los operadores de bus y tren de Massachusetts 

Quienes afirman que los hombres ganan más que las mujeres por el mismo trabajo y por el simple hecho de ser hombres suelen argumentar con datos agregados sobre los salarios. Según ellos, los hombres (a nivel español) ganan un 24% más de media que las mujeres. Sin embargo, esto no aporta evidencia sobre la supuesta discriminación salarial de la que hablan. No usan datos del mismo trabajo, sino que hablan de la suma de todos los salarios de hombres en España y los salarios de todas las mujeres. Algo parecido a ver la diferencia de salarios a nivel español de altos y bajos y decir que el grupo que más gana lo hace por discriminación al grupo que menos gana. 

Una reciente contribución al estudio sobre la supuesta discriminación salarial por razón de sexo ha sido el nuevo artículo de Valentin Bolotnyy y Natalia Emanuel, de la Universidad de Harvard. En él se estudian los salarios de los trabajadores de la Massachusetts Bay Transportation Authority.

Los autores nos enseñan, en primer lugar, la diferencia de salarios por sexo y por rango (seniority). Los horarios y rutas se eligen de mayor a menor rango. En los siguientes gráficos están reflejados los datos mencionados, junto a los de empleados con dependientes. Como se puede apreciar, los hombres ganan de media más que las mujeres. 

El segundo gráfico nos muestra las diferencias salariales entre hombres y mujeres con y sin dependientes teniendo en cuenta las horas extra, programadas y no programadas. Las horas extra se pagan como 1,5 horas normales. Los hombres trabajan, de media, más horas extra que las mujeres. 

Además, la “brecha” continúa tras la jubilación. Los hombres eligen trabajar más horas de las que sirven para calcular la pensión (las horas normales programadas y las horas extra programadas 3 meses antes). Los autores señalan que, según las encuestas que llevaron a cabo a los empleados, estos no están bien informados sobre cómo se calcula la pensión, ya que ésta depende en gran medida de los ingresos en los tres años con mayores salarios del empleado, y los encuestados no creen que trabajar más produzca una gran diferencia en su pensión.

Según el estudio, los hombres tienen el doble de probabilidad de aceptar horas extra a última hora que las mujeres, diferencia entre sexos que se mantiene en días con trabajo programado, días sin trabajo programado, días entre semana y fines de semana. 

El estudio también nos enseña la diferencia de probabilidad de aceptar trabajo extra (no programado) según estatus conyugal y dependiendo de si el empleado tiene dependientes a su cargo. 

Los hombres tienen más probabilidad de aceptarlo, y la brecha más baja es entre hombres y mujeres casados y con dependientes. 
El estudio también demuestra que las mujeres trabajan 7-11% menos horas extra programadas menos que los hombres al mes. La diferencia en horas extra no programadas asciende a 40-47,5% al mes. Las mujeres solteras con dependientes trabajan 6% menos horas extra programadas que los hombres solteros con dependientes, y la diferencia asciende hasta el 60% cuando se trata de horas extra no programadas. Los empleados casados y con dependientes la diferencia es del 14% para horas extra programadas y del 5% para horas extra no programadas. 

El estudio también compara otras diferentes elecciones de hombres y mujeres sobre trabajar en los fines de semana, en un día de fiesta y diferentes horarios (horarios partidos). Las mujeres valoran más no trabajar en fines de semana, tener mejores horarios y no trabajar en vacaciones.
Estas son las causas de la “brecha salarial” en la MBTA. 

 

Conclusión: 

¿Ganan las mujeres menos que los hombres? Al menos en los operadores de trenes y buses de Massachusetts, sí. ¿Gabán las mujeres menos por ser mujeresNo. La diferencia salarial, al menos en este caso, se debe a las decisiones de unos y otros según su valoración del tiempo libre, del trabajo, etc. 

Al menos en la MBTA, las mujeres no ganan menos por ser mujeres. 

Foto: KE ATLAS 

Fachas

No es algo nuevo. Desde hace años, en los medios de comunicación mainstream, institutos y universidades se utiliza el adjetivo “facha” para describir a quien discrepa de la superioridad moral del pensamiento único. Superioridad moral que, por cierto, no aguanta ni el más mínimo debate.

Evidentemente, y como en todo cambio significativo en la sociedad, el despertar ha sido lento pero firme. El 2 de Diciembre, el Partido Socialista sufrió, seguramente, uno de los golpes más duros de su historia. A estas alturas, si todo sale según lo previsto, podemos estar seguros de que perdieron el gobierno en su mayor nicho de votos, Andalucía, donde llevan gobernando casi cuarenta años. Al final, esos “fachas” que parecían estar amordazados y atemorizados por “el qué dirán” ganaron las elecciones, y demostraron que luchar por lo que es correcto vale la pena.

La reacción de la izquierda, que siempre ha sido profundamente demócrata (por favor, nótese el sarcasmo), no se hizo esperar ni 24 horas. El mismo 2 de Diciembre, cientos de estudiantes movilizados por Podemos asistieron a manifestaciones ilegales contra los frutos de la fiesta de la democracia. Mientras tanto, la aún presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, que hizo una campaña más que grosera contra sus adversarios políticos, esquivaba toda autocrítica y, días después, compartía un artículo de un profesor que, al ver que algunos de sus alumnos seguían a VOX en Instagram, lamentaba no haberles adoctrinado más cuando pudo. Y los medios de comunicación, mientras grandes partidos políticos protagonizaban ejercicios de una irresponsabilidad democrática y moral inaudita, ¿de qué hablaban? De VOX mismo. Les preocupa más la aparición de un partido perfectamente constitucional que la violencia de la turba “antifascista” contra aquellos que no comulgan con sus abominables ideas. Hicieron gala de esa doble moral que les ha caracterizado siempre, según la cual todas las opiniones son válidas hasta que contradicen sus dogmáticas propuestas. Entonces usan el calificativo “facha” para señalar a los políticamente incorrectos, que según ellos son el mal personificado. “¡¿Cómo piensan así?!”, se preguntan utilizando esa fatal arrogancia que demuestran cada día.

Detrás de la etiqueta fácil con la que nos señalan a quienes defendemos la libertad sin complejos, se esconde un temor desmedido. Es el miedo al debate, a la lucha de las ideas y los ideales, a enfrentar opiniones con argumentos y no con puñetazos. Este sentimiento ha calado en la sociedad, y de qué manera. Tanto es así que los enemigos de la libertad están acostumbrados a que se les siga el juego y, cuando uno desafía la verdad oficial lo más mínimo, le insultan, increpan y agreden. Hace unos días, 15 energúmenos le pegaron una paliza a un chaval en la Universidad por defender la unidad de España. Los insultos hacia los liberales y conservadores están completamente normalizados y el Sindicato de Estudiantes, con la excusa barata de “luchar por los alumnos”, utiliza a los más jóvenes para fines políticos con el silencio cómplice de la mayoría. Y todo esto sin que casi nadie levante la voz por si corren la misma suerte que aquellos que se atrevieron.

Una de las vías que utilizan los verdaderos intolerantes, esos que se hacen llamar “antifascistas” y usan los medios de comunicación como medios de activismo, es dividir a la sociedad en grupos que consideran antagónicos. Intentan hacer su propia versión de la división marxista entre explotadores y proletarios. Así pues, en vez de individuos libres e iguales ante la ley, ven hombres (este grupo es el opresor, por supuesto) y mujeres, blancos y negros, liberales y socialdemócratas, votantes de PP, Cs o VOX y votantes de PSOE y Podemos… Así podría estar todo el día. Incluso los miembros de aquellos grupos que dicen defender que se dan cuenta de cómo les utilizan son insultados y verdaderamente amenazados por la extrema izquierda. Cabe preguntarse si esto es así porque quienes debieron oponerse al colectivismo han mirado a otro lado.

¿Se puede acabar con esta dictadura de lo políticamente correcto? Puede, pero para ello hay que perder el miedo a los insultos, mostrarnos tal y como somos y sentirnos orgullosos de pensar como pensamos. Si otros no tienen problema en decir lo que opinan, ¿por qué nosotros deberíamos tenerlo? ¿Hay algún inconveniente en que una opinión sea poco aceptada o polémica? El pensamiento unidireccional no sería tan poderoso si los silenciados se atrevieran a desafiarlo. En la política, como en la vida, no se puede ni se debe contentar a todo el mundo. PP, Cs y VOX deben saberlo. Deben ser auténticos y tomarse los insultos de la izquierda como lo que son, un halago. Al fin y  cabo, estos tres partidos tienen, supuestamente, posiciones contrarias a sus adversarios socialistas y socialdemócratas. Incluso desde la perspectiva de alguien que solamente mira por los votos, no encuentro razón alguna para molestarse por la opinión de los populistas, ya que no comparten un mismo target. Un político no puede esperar que le vote todo el mundo. Por ejemplo, no se pondrán nunca de acuerdo en economía un comunista y un liberal clásico, y pensar lo contrario ha sido clave en la degeneración de ciertos partidos que han perdido sus principios para sustituirlos por el punto de acuerdo. Necesitamos políticos valientes que, como Thatcher, no sean de “consenso” sino de “fuertes convicciones”. Nada más poderoso que la autenticidad contra la corrección política.

Podemos apreciar entonces que, para escapar del debate, los dogmáticos seguidores del pensamiento único utilizan la palabra “facha” para calificar a todo aquel que disidente de sus ideas. Así pues, y sin gran oposición social, se han normalizado los insultos contra los políticamente incorrectos, la utilización de los estudiantes y diferentes colectivos para fines políticos y, en definitiva, el acoso social y mediático contra aquellos que tienen opiniones más o menos polémicas. Esta autoritaria deriva es reversible. Es responsabilidad de los atacados dejar de buscar el consenso absoluto, reconocer que no se puede ni se debe estar de acuerdo con todo el mundo y actuar en consecuencia. Sólo se acabará con el colectivismo y con el miedo de una manera: sin complejos.

Luces, cámara, Sánchez 

El Gobierno de la dignidad. Así lo llamaron. El dos de junio de 2018, Pedro Sánchez Castejón se convertía en el presidente del gobierno de España. Tras echar a Mariano Rajoy con los votos de los independentistas y de los herederos de ETA, con quienes queda en deuda, el Partido Socialista Obrero Español llegó a La Moncloa. No la pisaban desde 2011, cuando el expresidente Zapatero dejó el poder tras dejar a España con casi tres millones más de parados que cuando llegó.

Quien no conoce su historia está condenado a repetirla pero, al parecer, el presidente Sánchez ni la conoce ni quiere conocerla. No hay mayor ciego que quien no quiere ver. En vez de aprender del deleznable legado del expresidente socialista y hacer todo lo contrario, el okupa alardea de propuestas tan demagógicas como subir impuestos a los ricos, al diésel, a la banca, pedir un contrato para ratificar el consentimiento sexual o incluso lapidar la libertad de expresión. No es una exageración, no. Según la vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, no es cierto que la mejor ley sobre libertad de expresión sea la que no existe, y considera que hay razones para regularla. Cuando las noticias no nos son favorables, fustigamos a los medios de comunicación al más puro estilo bolivariano. La cabra siempre tira al monte.

Pero ningún show está exento de inconvenientes. El exministro Maxim Huerta dimitió por eludir impuestos, una práctica perfectamente legal, pero inaceptable según los requisitos para ser un socialista ejemplar, lo cual, pensándolo bien, es todo un oxímoron. No hubo más alternativa que echarle. También dimitió Carmen Montón por mentir sobre su Máster. La exministra ni siquiera sabía en qué edificio lo había hecho. Todo un ejemplo de honestidad. La ministra de justicia, Dolores Delgado, le dijo al excomisario Villarejo, que afirmó desconocer cuando le preguntaron por primera vez sobre su relación, que su compañero Grande Marlaska era un maricón y que estuvo con menores en un viaje a Colombia mientras estos practicaban ciertas actividades incivilizadas penadas con hasta 37 años de cárcel en el país. Por supuesto, la ministra, comprometida con la justicia universal, no dijo ni “a” al ver tales prácticas. Una mujer comprometida con el progreso, desde luego. Todo un ejemplo también. El ministro Pedro Duque ha sido “pillado” llevando a cabo la misma actividad que Huerta y fallando al listón de su jefe. Al final, vivir en socialismo es muy caro, pero dirigirlo, un chollo. Por si todo esto fuera poco, el mismísimo presidente del gobierno, Pedro Sánchez Castejón, plagió gran parte de su tesis doctoral, como desveló el periódico ABC, al que amenazó con acciones legales tras desvelar sus mentiras. Al salir en la portada de los principales diarios españoles y ser azotado por la prensa internacional, el secretario general del PSOE afirmó haber usado una aplicación detectora de plagios que dió negativo en su tesis. El dueño de la aplicación le desmintió y, para colmo, El Confidencial publicó más plagios que escapan a la aplicación utilizada. El presidente no hace más que engañar a los españoles actuando en su contra con pintorescas propuestas, tapado por ruidosas cortinas de humo como la exhumación de un muerto de hace más de cuarenta años o la Ley de Memoria Histórica.

Aun con todo, el espectáculo debe continuar. La función no acaba aquí, no. El Gobierno seguirá amenazando las libertades individuales y perjudicando a toda la ciudadanía. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Ni la ministra Delgado ni Pedro Duque han dimitido, ni mucho menos el presidente no votado, que sigue usando el palacio de La Moncloa como trinchera. La única diferencia que tienen respecto a los soldados de la primera guerra mundial es la amenaza exterior: mientras los soldados de la guerra se enfrentaban a la muerte al salir del escondite, Pedro Sánchez se enfrenta a los españoles, que piden elecciones de inmediato para acabar con su deriva autoritaria y la amnesia que de ella deriva.

Crónica de una mentira anunciada 

Rectificar es de sabios, pero hacerlo cien veces es de inhábiles. Ya van más de veinte rectificaciones de este Gobierno no votado, que parece hacer buenos sus fracasos anteriores día sí y día también. Prometieron un cambio en España, y vaya si ha cambiado. Desaceleración económica, cesiones a los independentistas, más impuestos, falta de apoyo a la Policía y Guardia Civil, inmigración masiva… Una joya.

Para más colmo, el presidente, quien tantas lecciones de moral ha dado, parece ser un plagiador profesional. Según la exhaustiva investigación de ABC, el presidente no votado habría copiado literalmente numerosos textos ajenos, incluso del Ministerio de Industria, y los habría pegado en la tesis doctoral. Además, el señor Sánchez afirmó ayer en la sede de la soberanía nacional que su tesis estaba disponible en Teseo, lo cual ha sido desmentido por varios usuarios de redes sociales.

No es de extrañar que el presidente Sánchez, que hasta intentó esquivar al Senado y a la democracia con la que tanto se llena la boca para sacar adelante sus nada urgentes reales decretos, intente también tapar sus vergüenzas ocultado su tesis. Una vez desenmascarado, el hombre cuyo gobierno ha vivido la dimisión de dos ministros en 101 días ha anunciado que hará pública su tesis doctoral mañana, confirmando que, como se había advertido (contradiciendo la versión de Sánchez), la tesis no estaba en Teseo. Un intento de quedar bien por parte de un gobierno que no ha hecho más que dar pasos hacia atrás tras traicionar a los españoles y venderles al mejor postor.

Al fin y al cabo, tras haber cometido tantos y tan graves errores, ¿Quién puede confiar en Sánchez? Lo lógico sería que nadie lo hiciese, pero tras demasiadas mentiras y una duradera y miserable manipulación a la sociedad por parte de partidos populistas como el PSOE y, más tarde, Podemos, no es sorprendente que tantos españoles se crean dogmas que se deberían haber olvidado hace décadas enarbolando una bandera de falsa superioridad moral.

Cada minuto de Pedro Sánchez en el poder es una hora del duro trabajo que deberá hacer el próximo gobierno para reconstruir España. Conseguir el éxito cuesta mucho, pero acabar con él, un minuto. No es que nuestro país tenga encima la amenaza socialista, sino la realidad socialista. El sistema que con tantos países ha acabado empieza a hacer estragos en España, y corresponde a los españoles comprometidos con la libertad y la justicia rebelarse contra este gobierno mentiroso, débil e indigno. 

La tragedia del comunismo 

Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. No importa la experiencia, no importa el pasado, importa el engaño. Y mientras más grande sea el engaño, mucho mejor. 

A pesar del fallido socialismo (popularmente llamado comunismo), son miles los jóvenes de todo el mundo los que se ven atraídos por esta ideología. ¿Será la propaganda lo que les convenza? ¿Tal vez la educación? Los resultados desde luego, no, porque son lamentables. Por mucho que se intente limpiar el nombre de un asesino, la víctima ha muerto y no van a resucitarla. Lo mismo ocurre con el comunismo. Pese a los intentos de grandes líderes y rebaños, la historia es la que es, y muestra millones de muertes a causa de este cruel e inmoral sistema. 

Para demostrar esto, vamos a comparar países comunistas y países capitalistas durante el mismo período de tiempo, viendo la evolución del PIB per cápita y algunos otros indicadores que nos muestran el diferente progreso de ambos territorios.

Cuba


Cuba pasó de ser uno de los países más ricos de América Latina a ser uno de los más pobres, compitiendo con Venezuela por el vergonzoso puesto. Mientras Cuba impuso un sistema económico comunista, Chile, capitalista durante la mayoría de su historia reciente y caracterizado por ser la economía más libre de Latinoamérica, creció hasta tener un porcentaje minúsculo de pobreza extrema, convirtiéndose en un gran modelo a seguir para el continente. Hoy en día, según Unicef, la desnutrición moderada y severa en Cuba es del 7%, mientras que en Chile es del 2%.


La Unión Soviética


Los comunistas suelen poner de ejemplo a la extinta Unión Soviética como ejemplo de crecimiento bajo un sistema de planificación central. Sin embargo, el crecimiento respecto al zarismo no fue ni siquiera un punto porcentual mayor y, como era de esperar, el crecimiento de numerosos capitalistas (más de los que aparecen en la gráfica) fue superior, con gran diferencia (Fuente: Madidson).


Corea del Norte


Muchos comunistas se defienden respecto a los argumentos del fracaso de los anteriores países afirmando que no estamos comparando países en la misma zona geográfica. Este argumento no es más que una excusa fácil en un momento de desesperación ante la falta de argumentos para defender un sistema fallido, pero aun así se ha demostrado que, en la misma zona geográfica, el capitalismo triunfa sobre el comunismo. Como podemos apreciar en el gráfico, Corea del Norte, cuyos ciudadanos viven bajo el sistema comunista, no ha crecido casi en más de 60 años, mientras Corea del Sur, uno de los tigres asiáticos capitalistas, tiene una renta per cápita de más de 20000 dólares.

El éxito económico nunca ha estado ni estará del lado comunista.

Los errores teóricos del comunismo

A pesar de la experiencia en países con tal sistema, no son pocos los comunistas y no comunistas que afirman que este modelo nunca ha sido aplicado realmente y que, de aplicarse, viviríamos todos en riqueza y sin problemas económicos.

No podrían estar más lejos de la realidad. En Cuba, la Unión Soviética, etc se siguieron las instrucciones de Karl Marx al pie de la letra, cumpliendo las líneas generales de su sistema, que fue la causa de la pobreza de estos países.

El comunismo no sólo ha fracasado en la práctica, sino también en la teoría. El comunismo nunca podrá funcionar, gobierne quien gobierne, sea corrupto o no corrupto, buena o mala persona. El resultado será el mismo; pobreza.

Los errores teóricos más importantes del socialismo son los siguientes:

La imposibilidad del cálculo económico: Cuando existe la propiedad privada de los medios de producción, el gasto de los consumidores al comprar un producto a una determinada empresa muestra su preferencia, y eso permite que las empresas del sector se organicen de tal manera que persigan cumplir las preferencias de los clientes para ganar dinero. Tienen un incentivo, al contrario que en el sistema socialista/comunista, en el que, al no haber propiedad privada de los medios de producción ni precios de los productos, no hay incentivos y no se puede medir el éxito o fracaso de un producto o servicio en base a la preferencia de los consumidores y actuar en consecuencia para mejorarlo. Se basa en tomar decisiones al azar, sin tener en cuenta las preferencias de los clientes, ya que no pueden saberlas como se hace en un mercado libre.

La falta de información: Bajo un sistema comunista y centralizado, no se puede poseer toda la información que maneja y usa un individuo para tomar sus decisiones diarias y que, por tanto, determina sus gastos y acciones que afectan a su economía.


La inmoralidad del comunismo


A pesar de los errores teóricos y prácticos, muchos consideran que el comunismo es un sistema que puede considerarse “justo” o “moral”.

Un sistema moral debería respetar todas las decisiones que los individuos tomen voluntariamente sin ser coaccionandos, es decir, sin violencia o amenazas, y no coaccionar a otros tampoco. El comunismo no respeta esto, pues quita a los individuos su propiedad privada sin que ellos la vendan o regalen voluntariamente, les prohíbe trabajar en lo que deseen y obliga a trabajar para el Estado al 100% de la población. No respeta la libertad ni la voluntariedad, al contrario del capitalismo.

El comunismo es un fracaso económico, teórico y moral. Quizá el mayor error en la historia del ser humano, pero aún hay muchos que lo defienden a pesar de todo. No importa la experiencia, no importa el pasado, importa la mentira.

Pablo Casado: Una oportunidad para el PP 

Este sábado se anunció la victoria de la candidatura de Pablo Casado a la presidencia del Partido Popular. 

El joven de 37 años transmite una imagen de renovación, y su programa es más atrevido que el de los demás candidatos, proponiendo bajar impuestos en bastantes puntos, eliminar otros tantos, eliminar la ley de memoria histórica, su oposición al aborto… Recupera lo que un día pudo ser el PP y tiene en sus filas a un distinguido economista liberal como es Daniel Lacalle.

El de Pablo Casado es un proyecto que se enfrenta al dogmatismo de izquierdas sin apenas complejos, algo de lo que muy pocos políticos pueden presumir. Con el PSOE en el Gobierno haciendo la mayor demagogia posible para ganar votos a costa de los ciudadanos españoles y extranjeros, urge una verdadera oposición a sus políticas de mayor gasto, adoctrinamiento e infantilización de la sociedad, que se atreva a llamar al pan, pan y al vino, vino. 

Si bien es cierto que ya hay partidos que más o menos siguen las líneas generales de Casado, no está de más que haya otro con ideas de responsabilidad de los ciudadanos y contra el paternalismo estatal, y mejor aún si está en un partido grande e introduce las ideas liberales en la sociedad. Casado se ha rodeado de gente joven en campaña como Javier Maroto o Andrea Levy, que sin duda le ayudarán a transmitir una imagen que gane votos entre los jóvenes liberales, de derechas y de centro. Ahora les toca dar la batalla a Ciudadanos y Vox, que pueden verse amenazados por este cambio en el Partido Popular. Deberán actuar con profesionalidad y presentar un proyecto que ilusione a los españoles sin engañarlos. Recordemos que, aunque haya (menos mal) algunas excepciones, por regla general al político le interesa el corto plazo y no las consecuencias de sus acciones a largo. No quiere ser reelegido en diez años sino en cuatro, y es por eso por lo que se esforzará paga dar una buena imagen durante ese tiempo aunque traiga consecuencias nefastas cuando acabe su mandato. Es algo que el votante medio no tiene en cuenta porque no investiga y sigue el funcionamiento de sus ideas en otros países. No tiene incentivos para ello. Al fin y al cabo, ¿Qué importa un voto? No se da cuenta de que si todos piensan así (y por desgracia, casi todo el electorado lo hace) casi nunca se votará una buena opción. La mayoría no tiene responsabilidad y no cree que sus decisiones a la hora de votar afecten a otros.

El PP tiene una oportunidad de recuperar a sus anteriores votantes e incluso superarlos, pero para ello deberán presentar algo diferente a los demás partidos, que devuelva a los ciudadanos sus libertades, que no tenga complejos y que plante cara a las amenazas actuales de España.