Libertades y libertad sexual

He elegido este título con el fin de intentar desligar tres elementos que la izquierda contemporánea utiliza para socavar el orden social liberal, vinculándolos, con trampa, con la consecución de las libertades. Me refiero a la estatización de la ideología neocomunista de género, del feminismo coactivo y del colectivismo sexual.

Una descripción del contexto nos exige observar las políticas públicas de género, que abarcan las políticas de estatización del feminismo de la cuarta ola (un feminismo fundamentalmente neocomunista) y el resto de las medidas estatales de colectivización sexual. En todas ellas, el Estado y sus administraciones tienen un rol central no sólo a través de la promoción de su financiación, sino también en la materialización social, que incluye la creación de una serie de redes clientelares, que, bien se conocen con el nombre de institutos, asociaciones o bien lo hacen bajo el nominal de ‘’colectivos’’. Estos grupos se encargan de imponer sus ideas utilizando la infiltración coactiva en todos los ámbitos sociales como estrategia principal; la coacción colectiva de sus postulados se formula en clave de exigencia de tolerancia, aunque sus impulsores, paradójicamente, no toleren el más mínimo cuestionamiento de tales postulados. El argumento que arguyen sus defensores es la igualdad entre hombres y mujeres, la persecución de la violencia que maniqueamente tipifican ‘’de género’’, la extinción total de la cultura ‘’machista’’ o de cuestiones tan controvertidas como la denominada homofobia. Todas estas acciones se perfilan dividiendo a los ‘’afectados’’ en colectivos estabulados a los que convencen de ser víctimas de la estructura civil de la familia y el sistema capitalista, lo cual incrementa el odio y la tensión en el seno de la comunidad: ello se traduce en la búsqueda de la utopía de la igualdad colectiva y en la estructuración de nuevas formas de lucha de clases, pese a que en el fenómeno que nos proponemos analizar no estemos hablando estrictamente de clases como tales. Lo que viene a ser la identidad y la sexualidad de cada individuo ya no son responsabilidad del mismo, sino que se achacan a un mero ‘’constructo cultural del orden liberal’’ que se puede modificar a través del Estado.

La libertad sexual y de identidad son dos derechos individuales, y como tales se recogen en el ordenamiento jurídico de cualquier sociedad basada en los medios privados de producción y en la división de los métodos de libre cooperación. Los postulados que se esgrimen en la descripción del contexto que hemos realizado anteriormente, invierten este axioma jurídico en la medida en que colectivizan la sexualidad y la identidad individuales intrínsecas de la persona. Una defensa liberal conservadora de la libertad sexual y de identidad frente a la imposición e intromisión estatales de la ideología neocomunista de género y la capitalización del factor sexual de la persona para los objetivos políticos del programa totalitario de la izquierda, es posible y no se entiende que las opciones políticas distintas a la izquierda hayan permanecido en silencio o colaborado con lo que no es más que una burda estrategia instrumental para avivar las luchas intestinas en la sociedad jugando con la identidad y la sexualidad del individuo. La batalla ideológica debe estar centrada en reseñar los fines y los objetivos de colectivizar y estatizar la sexualidad y el género; los liberales no nos oponemos a la ideología neocomunista de género, al feminismo sectario o al colectivismo sexual. Seamos liberales libertarios, conservadores, o conservadores libertarios, a lo que debemos oponernos es a la estatización de esos tres elementos, pues la consecución de las libertades no puede alcanzarse óptimamente si el individuo, desde la escuela hasta sus interacciones sociales, no está a salvo de las coacciones y dogmas políticos de género que están dirigidos desde las políticas estatales de género para distorsionar su libre desarrollo y autoconocimiento, ya que se mediatizan su  elección, coherencia y responsabilidad con el estilo de vida que mejor considera para sí mismo.

Para ejecutar el programa social del comunismo, la ingeniería social gradual de la izquierda canaliza un postulado sofista, por cuanto la autorrepresión sexual no se debe a ningún orden social, o no está totalmente influido por éste. Nos referimos a la teorías unificadas de Freud y Marx (Wilhelm Reich 1920, Herbert Marcuse 1968), que explican que la sociedad capitalista supuestamente genera neurosis al estar estructurada en la represión de la pulsión sexual del individuo. El freudomarxismo se postula, así, como un método que, por un lado, diagnostica el camino a seguir para llevar a cabo la revolución social comunista sin recurrir a las armas, y, por otro, sirve de apoyo ‘’científico’’ a muchas  de las políticas públicas de la ideología de género.

Hemos de separar el reconocimiento de la libertad y la educación sexual en gran parte del mundo occidental de las políticas de género en las que el Estado se entromete en la sexualidad del individuo, proveyéndole de un catálogo de instrucciones, cual anulación de facto de la autonomía personal. En los distintos países donde el marxismo cultural progresa, la lucha ya no puede girar en torno a la lucha de clases, sino que lo hace alrededor de la lucha de sexos o de identidad sexual.

Entre otros, la izquierda plantea la dominación social total de la gente por parte del Estado a través de un proceso tan alambicado como el que acabamos de estudiar. Sin embargo, desde mi perspectiva se revela clave conocerlo para identificar la procedencia y la finalidad de los ‘’fenómenos de género’’ que hoy observamos, puesto que alteran y quiebran las relaciones y acciones humanas, que se asientan sobre la confianza en la fraternidad voluntaria y la libre cooperación como ejes centrales de la competencia y el orden social liberal: la forma más pacífica de coexistencia conocida hasta ahora por la Humanidad. Y así lo demuestra la experiencia.

 

 

 

 

Psicología de la Libertad

Analizo cómo opera el pensamiento en la evolución de la libertad en la sociedad. Entender este proceso es clave para comunicar bien la libertad frente al resurgimiento de las ideas y conductas marxistas en el presente, pero bajo otros modales que hemos de identificar.

La idea de libertad en el sentido de la oposición a la intromisión del gobierno y las leyes no es una idea atractiva y su comunicación no es fácil. Esta es la primera premisa de la que hemos de partir a la hora de estudiar la psicología de la Libertad, es decir, cómo opera el pensamiento humano en la evolución de este grandioso valor. Hemos de tener en cuenta lo anterior, si queremos que las probabilidades de éxito de nuestra batalla ideológica contra las nuevas formas de comunismo sean altas.

Pese a tratarse de un resultado espontáneo de la civilización a través de la cooperación y la vida humana en sociedad, y no al revés, la mente del ser humano es imperfecta (posee puntos oscuros que serían los opuestos a la virtud, o lo que es lo mismo, generación o degeneración de la libertad). Sigmund Freud, padre del psicoanálisis afirmaba que ‘’La mente es como un iceberg: flota con una séptima parte de su materia bajo el agua’’. Las conclusiones de Freud, no obstante estar invalidadas como ciencia, nos permiten realizar proyecciones interesantes sobre la conducta del individuo y el desarrollo de la idea de libertad en la sociedad abierta.

Ha sido cuando al menos ha existido un equilibrio en la imperfección mental del Hombre, cuando mayores progresos ha dado nuestra civilización occidental. Esos mayores progresos también han implicado una mayor sofisticación del derecho, la propiedad y la libertad. Esto representa todo lo contrario a las tesis marxistas o izquierdistas sobre la sociedad y la antropología social, que sostienen que la evolución histórica es independiente de la voluntad humana y que tiende a la desaparición de la propiedad. Esto es, evidentemente, una falacia con barniz científico. Conocemos los resultados trágicos de la aplicación de las tesis izquierdistas: basta con citar las distintas bibliografías para comprobar que la implementación del marxismo ha producido las estadísticas más mortíferas conocidas por la Humanidad; se cuentan entre 100-110 millones de muertos en casi en medio mundo en el último recuento, efectuado al finalizar el siglo XX.

Desde su origen de partida, las concepciones marxistas de la psicología humana se han gestado sobre la potenciación de la degeneración del subconsciente del Hombre (esto es, de la envidia, del odio, de la gula, de la insidia, del nihilismo, etcétera). La interrogante que cabría plantearse es cómo identificamos estas peligrosas ideas y las encaramos con valentía para que no gane, otra vez, la mentira marxista. Se revela clave, según mi perspectiva, atender y entender el lenguaje de la izquierda actual, ya que es a través de él que se pretende cambiar la psicología humana para los objetivos del programa totalitario de la nueva agenda socialcomunista a nivel de todas las naciones donde el ‘’fenómeno’’ se manifiesta con mayor o menor intensidad. Un error fatal es jugar el partido dialéctico con las reglas lingüísticas impuestas por la izquierda, así que la primera actitud es razonar e intentar invertir las reglas usando palabras distintas. Por ej. si dentro del acto comunicativo nuestro interlocutor incluye la frase dinero ”público”, nosotros hemos de hablar de dinero del contribuyente. 

El mito de la planificación económica estatal del marxismo persiste como un parásito hospedado en muchas mentes; ello resume resume que mucha gente no perciba el incremento del tamaño del gobierno como un problema, a pesar del triunfo más o menos amplio del sistema basado en los medios privados de producción, la mejora espectacular de la calidad de vida y las condiciones materiales de la colectividad . De manera que, al no poder recurrir a la inducción a la lucha de clases, la izquierda basa sus experimentos sociales en la manipulación psicológica de los miedos e inseguridades de la gente (que estarían en los puntos oscuros de la psique o mente humana). Es aquí donde debemos intervenir, argumentando de que para que las libertades aumenten, para que el derecho a elegir trabajo no se vea entorpecido (que es lo que pasa cuando el gobierno se entromete en la economía sustituyendo tu decisión como ser individual por el sacrificio ante la masa) y para que no se destruya la libre coexistencia que ha costado mucho construir a la civilización, no se debe eliminar la igualdad de leyes mutuas que garantizan el derecho de propiedad, la libertad y, en última instancia, la paz.

La psicología de la libertad consiste en buscar la virtud del ser humano y en una oposición rotunda al círculo vicioso del mal, que a lo largo de la Historia ha adquirido distintos rostros, pero es en el marxismo y en la izquierda donde adopta el rostro más conocido por todos. Cualquier acción humana puede analizarse desde esta perspectiva y deberíamos hacer extensivo este proceso a la batalla de las ideas a través de la tecnología, las redes sociales, los foros y los diversos niveles de organización de la sociedad, ya que la tendencia al socialismo no es inevitable. Cosa bien distinta: sus adoctrinadores nos quieren hacer ver que es inevitable. En esta dirección, las proyecciones freudianas sobre la conducta humana nos serán de utilidad. Carl Gustav Jung desarrolló el psicoanálisis cognitivo, una herramienta con valor científico que nos permite entender y conocer los errores involuntarios de conducta del ser humano, partiendo desde el punto donde fallan las citadas proyecciones freudianas. A partir de Freud y Jung, podemos influir con el lenguaje y mejorar la conducta orientándola hacia la libertad. Esto, aplicado a la psicología de la libertad no sólo nos permite deconstruir la explotación de los complejos de inferioridad de la gente por parte de la izquierda, sino que también nos facilita la reorientación de las acciones humanas, desmontando de esta manera la falacia de la inevitabilidad.

La conclusión básica que deberíamos recordar es que la psicología de la libertad nos demanda, primero; entender el proceso complejo de la comunicación, segundo; procesar una respuesta con los elementos más relevantes del acto y, tercero; elaborar una síntesis efectiva que ponga de relieve el fraude verbal que detectemos y motive al interlocutor al razonamiento. Por poner una muestra: con frecuencia se recurre a la idea de que más progreso y libertad es más gobierno, y mucha gente piensa que es verdad. Porque, con alta probabilidad, este mensaje activa los miedos en la mente del ser humano, donde no sólo estriba la consciencia, sino también los complejos de inferioridad, la búsqueda primitiva de refugio y la lucha de huida. De modo que es lógico que el individuo receptor de estas prédicas, que además se envuelven en el papel regalo del progresismo y se transmiten mediante la tecnología con enorme facilidad, no active sus mecanismos críticos y no se haga, por tanto, preguntas. La empatía nos debe llevar a preguntar, sin imponer nada, si cree que un individuo es más libre si otros deciden por él, o qué actitud tomará al saber que su progreso y autorrealización como individuo no están en sus manos, sino en las del gobierno todopoderoso.

El Gobierno de Sánchez asalta por Decreto el Código Civil Español con la ideología (neomarxista) de género

El Real Decreto Ley del gobierno de Sánchez (PSOE), autoritario por la forma y arbitrario por el fondo, introduce, ya de lleno y sin reservas, la ideología neomarxista de género en el Código Civil Español. Durante años, se ha abonado el terreno con las políticas públicas de discriminación estatal positiva de la mujer. Con estas políticas se reconocen como realidades inevitables dos aberraciones conductuales para autojustificar la intromisión estatal en la vida privada:

  1. se reconoce a la mujer como un ser inferior a proteger coactivamente por los poderes públicos frente al varón, y
  2. se reconoce la autoridad del machismo sobre la mujer.

Por hacer un resumen, el contexto social y normativo es el siguiente: Ley de violencia ‘’de género’’, Institutos estatales y autonómicos orientados exclusivamente a la mujer como un ser aislado en la sociedad, propaganda mediática en general y con las tragedias humanas en particular, adoctrinamiento de género en medios, escuelas (asignatura de Educación para la Ciudadanía) y universidades, intromisión del estado en la vida sexual, relacional y familiar de los adultos, incitación político-mediática a buscar en el género el origen de la agresividad del ser humano, ideologización-socialización de las relaciones privadas e implementación de políticas discriminatorias y atentatorias contra la autonomía personal de la mujer y los derechos del varón, y muchas más políticas por el estilo.

En dicho contexto, la resonancia social está sesgada de forma tal que a la vista de los ‘’datos’’ que el mismo marco político de coacción genera, el varón aparece como agresor y machista congénito (ADN). Y la mujer, a modo de contraparte, como víctima de nacimiento. De ahí, pues, que los impulsores de estas conductas antisociales, hayan conseguido crear una lucha que pretenden insalvable entre sexos, y supuestamente originada por la institución de la familia. Para demostrar que ‘’existe’’ ese problema y agudizar la necesidad de un choque, e incrementar la coerción estatal sobre el varón, usan un constructo verbal nacido de las anteriores falacias sociológicas, y que categorizan con el concepto ‘’violencia ‘’de género’’’’.

Cada tragedia de sangre en la que una mujer es privada de su derecho a la vida por una conducta criminal que merece la más severa de las penas legales -algunos reclamamos la perentoriedad de la cadena perpetua para los casos más alevosos-, los políticos de izquierdas y colaboradores de la derecha torpe, feministas subvencionadas por unos y por otros con dinero del contribuyente, y medios, se encargan de instrumentalizar socialmente la mencionada tragedia a fin de demostrarnos de que nos encontramos frente a una ‘’epidemia machista’’, y que es urgente un ‘’pacto estatal’’ contra la violencia ‘’de género’’. En cambio, cuando el asesinado es varón, por la misma conducta criminal antes descrita, y para la que exigimos la misma severidad penal, como ha sido cursada por una mujer, entonces no hay caso de violencia ‘’de género’’ (y así consta en la información de la opinión publicada que omite deliberadamente toda referencia a violencia ‘’de género’’). Por efecto de complicidad, tampoco hay propaganda política socializando una tragedia privada, igual de dolorosa que la citada al inicio.

Sucedáneo moderno de la lucha de clases comunista, la lucha de sexos busca destruir al varón (lo señalan responsable del inexistente y ficticio heteropatriarcado capitalista) y debilitar y exponer la familia (la primera institución privada social espontánea) al poder coercitivo y arbitrario de la Administración pública (local, regional o estatal), porque según la raíz antropológica que sirve a la izquierda para poner a la familia como objeto a derribar, se trata de una institución que origina la propiedad privada de los medios de producción, como ya sostuvo Friedrich Engels en 1884 en su alambicada obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Este escrito, repleto de patrañas torticeras con aires científicos, también aporta “razones” para la victimización psicopatológica de la mujer, pues de acuerdo con el misma, antes de la “era capitalizante”, en un “pasado lejano” la mujer vivía libre del yugo del marido, y criaba a sus hijos como matriarca, sin ninguna “atadura” puesto que vivía en una “sana poligamia’’ (¡como si en los tiempos que corren se persiguiera la libertad sexual!) donde el “patriarca” no tenía poder sobre la mujer para someterla tiránicamente. Este pasaje de la obra me recuerda a Anna Gabriel, política catalana, separatista y anarco-comunista del partido de las CUP, que sostenía, literalmente, que ‘’los hijos deben ser criados en la tribu’’.

¡Fue llegar el capitalismo y aparecer la propiedad privada para que se jorobara el paraíso paleosocialista! Es imposible demostrar, científicamente, que existiera tal cosa, porque jamás existió. Todo simplemente emana de la pseudo-antropología calenturienta de la izquierda, enfocada en explicarnos de dónde venimos y borrar la Historia para escribir una a su despótico gusto. Cosas de la falsa sociología del comunismo, tan disparatadas como las de la falsa biología del nacionalsocialismo. Son tesis con maquillaje de ciencia, con una explicación esencialista de la historia (historicismo), y constituyen falacias cuyo único fin es incitar al odio indiscriminado contra todos los varones.

Repasando “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” encontraremos sin sorprendernos de dónde provienen la consigna contra el “heteropatriarcado” del femicomunismo en boga y la razón por la cual la ‘’izquierda amable” ha impulsado políticas públicas de género, con el adoctrinamiento como herramienta y la familia como institución a disolver.

En vista de lo apuntado anteriormente, no extraña que la nueva incursión despótica de la izquierda sea el doble de intensa que las anteriores en materia de intervencionismo en la vida personal, relacional y familiar. Someter la Patria Potestad a decisión de la Administración Pública local, retirar los derechos al padre en ese ámbito, otorgar privilegios mediante subvenciones a la presunta víctima (aunque la acusación de violencia sea falsa, insidiosa o producto de las coacciones y amenazas de la mujer sobre el hombre, que pueden tener lugar en el seno de una convivencia disfuncional), invertir la carga de la prueba, desconfigurar jurídicamente la presunción de inocencia del varón (desigualdad ante la ley por motivos de sexo) y atentar contra su derecho al honor sometiéndolo a escarnio de un órgano administrativo absolutamente sesgado (como es un órgano de gobierno), amparándose en la falacia de la violencia “de género”, es una intolerable arbitrariedad para el Estado de Derecho. Es una situación normativa impropia de cualquier sociedad libre de Occidente. Y refleja por dónde van los tiros del proyecto socialcomunista de las izquierdas, encubierto en talante, buenismo y corrección política. La defensa de la igualdad ante la ley (isonomía) es consustancial a la defensa de la familia, no como una institución privada hermética o inmóvil, sino como el único espacio de amortiguación en el que el individuo escapa al peligro de un estado sobreprotector, detrás del cual casi siempre subyace una forma sutil de tiranía sobre el ser humano, su voluntad y su autonomía. Si es suficiente una mera acusación de la mujer contra el hombre ante un órgano administrativo como es una corporación local para poner en entredicho la potestad de uno de los miembros de la familia sobre sus descendientes, entonces qué quita que, una vez vigente tan intervencionista norma, se apueste porque los hijos pasen a ser directamente propiedad social, como ocurre en regímenes comunistas.